jueves, 7 de marzo de 2013

Córdoba parte V

Los últimos días en San Marcos Sierras visité Ongamira (un lugar con la onda de Cerro Colorado por esos cerros misteriosos que albergan pinturas e historias de antes del tiempo), el Río Quilpo (una delicia en las tardes de calor, ya que por bajar desde las Altas Cumbres posee caudal todo el año y al no pasar por ningún asentamiento humano sus aguas son puras) y la Quebrada del Río San Marcos el último día. El río estaba bajo y con poca agua, pero encontramos una olla profunda y nos quedamos largo tiempo abrazados románticamente con el agua hasta las tetas, despidiéndonos de quienes supimos ser en ese inolvidable pueblo cordobés, donde comprendimos una nueva forma de vivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos. La salida del agua ya no fue tan romántica... ¡porque teníamos los pies llenos de sanguijuelas! ¡¡Híjole!! Yo sentía como "cosquillitas", pero miraba desde arriba y pensaba eran pastitos. Me frotaba un pie contra el otro y no les daba bola, hasta que vi que uno de esos pastitos ¡¡se movíaaa!! Era difícil sacarlos, eran como gusanitos chiquititos que no soltaban por más que uno tirara de ellos, la única manera era pasar con fuerza la uña por la piel, y salían. Tardamos bastante, eran muchísimas. Pero la sorpresa fue cuando, al imaginar ya habían salido todas, abrí los dedos de mis pies... ¡¡Adentro habían unas grandes y negras!! Puaj... Luego averigüé se acumulan cuando hay poco caudal y el agua se estanca, cuando el río sube se las lleva. Después subimos al cerro de la cruz para ver el atardecer sobre el pueblo y grabarnos esa hermosa última imagen en la retina. Mientras contemplábamos la transición eterna entre el día y la noche, la voz de una chica cantando coplas se elevaba desde la quebrada hasta los cóndores verdaderos dueños de esos cerros.


Cuevas de Ongamira


Majestuosidad de los cerros de Ongamira

Quebrada del Río San Marcos

martes, 26 de febrero de 2013

Córdoba parte IV

Después de un paseo matinal por ese pintoresco pueblo volvimos a la hostería, nos cambiamos, armamos las alforjas, las cargamos en la Morocha, llenamos el termo con agua caliente, y arrancamos. Pero no anduvimos más de 4 metros… Finalmente, llegó el momento tan temido durante casi tres años (desde que nació la Moro): ¡¡¡PINCHAMOS!!! ¡¡Juaaajajajaja, increíble!! Cuántas veces, cuántos motoqueros se asombraban de que NUNCA haya pinchado una goma, y más con los caminos que he recorrido. Pasa que la Morocha no tiene cámara, y por eso se la banca loco. Caminamos unas 10 cuadras en subida hasta la ruta donde tenía su taller el único gomero del pueblo, el cual gentilmente nos llevó con su auto hasta la moto, le sacó la goma trasera, la cargamos en el auto hasta la gomería, le encontró TRES ESPINILLOS CLAVADOS, la arregló, nos llevó de vuelta a la moto y la colocó. ¡Pensar que los gomeros de Buenos Aires ni siquiera aceptan sacarte la goma! Y me salió tres veces más barato que acá…
Queda demostrada la nobleza de la Morocha, con tres espinillos clavados nos sacó de esos barriales del fin del mundo y nos llevó en ruta hasta un lugar seguro antes de perder todo el aire. Si llegaba a quedar en llanta por esos caminos del salar todavía estábamos ahí…


miércoles, 20 de febrero de 2013

Córdoba parte III


Hicimos base en San Marcos Sierras, un lugar para quedarse. Pero mi culo inquieto, sumado a la pasión de La Morocha por salir a correr a la ruta, me llevó a abrir el mapa al 3º día en dicha localidad. Descubrí unas salinas inmensas al noroeste de la provincia compartidas con Catamarca y La Rioja, un lugar ideal para ir a hacer fotos, así que preparé el trípode, los equipos de lluvia y salimos.
No quedaban muy cerca, teníamos horas de ruta por delante. Las montañas paulatinamente quedaron atrás, el paisaje se transformó en montes extensísimos de matorrales y desolación bajo el sol abrasador, internándonos en una ruta solitaria y en mal estado. Cuando llegamos a Deán Funes la historia cambió, porque agarramos la ruta que une Córdoba Capital con San Fernando del Valle de Catamarca. Almorzamos y seguimos (la primer comida completa y elaborada en dos días y medio, ya que nos habíamos adaptado siquiera parcialmente a esto de “vivir de luz”).
Yo había visto en el mapa un pueblo llamado San José de Las Salinas, a unos 3km de la ruta y que aparentaba estar a la vera del salar, pero no fue así. Cuando al fin llegamos, San José era un pueblo donde el tiempo no transcurría, aislado del mundo moderno no había un alma en las calles insoladas. Vimos dos paisanos sentados bajo un árbol, y les pregunté por el camino hacia el salar. Uno de ellos me indicó con acento bajito por dónde seguir, pero el otro acotó mostrando la encía superior limpita:
- Mire que ayer llovió, no creo que pueda pasar, cualquier cosa pega la vuelta…

miércoles, 13 de febrero de 2013

Córdoba parte II


San Marcos Sierras merece un capítulo aparte, es por eso que el anterior quedó trunco. Desde hace ya varios años que vengo escuchando hablar de ese pueblo, y siempre de boca de gente de mi edad y que me cae muy bien. Por lo tanto, el próximo viaje a Córdoba incluiría obligatoriamente dicha localidad.

Vado del Río San Marcos
La última visita a Córdoba había sido mi primer viaje sin mi familia, al comienzo de mi interminable adolescencia, cuando tenía 16 años. Antes de esto, había ido con mis padres y hermana en varias oportunidades, pero siendo un niño, por lo cual conservo pocos (pero bellos) recuerdos. Cuando con mis dos mejores amigos de entonces decidimos irnos los tres a Villa General Belgrano (ya tampoco recuerdo muy bien cómo fue), descubrí una nueva forma de la libertad que desde entonces vengo poniendo en práctica cada vez que puedo, y cuando no puedo, ando pensando en cómo poder. Como yo estudiaba en un colegio alemán, la mayoría de mis compañeros era nietos de alemanes escapados de la guerra. Este era el caso del abuelo de uno de mis amigos que tenía casa allá, y que nos cedió su jardín para que acampemos. Era un hombre ya viejo, que a pesar de estar medio ciego seguía manejando su Ziambretta para desconsuelo de su mujer. Se lo veía amable, tranquilo, quién sabe la historia que escondía detrás de sus párpados, las cicatrices de guerra no creo que cierren nunca.
Si bien no es mi propósito extenderme demasiado en esta visita que lenta pero inexorablemente se desmenuza en las arenas del tiempo (ya pasaron 20 años che, tendré cara de jopende pero…), un suceso de la misma ha quedado marcado a sangre en mi memoria: mi iniciación sexual.

viernes, 8 de febrero de 2013

Córdoba parte I


Y pues heme aquí en mi primer entrada, a las puertas de un relato que con necesidad surge de la punta de mis dedos. Esta mañana lluviosa y Creedence cargándome una energía fabulosa forman la combinación justa para encontrarme con ustedes, de esta manera.
Esta vez me fui de moto a Córdoba con una bailarina a la que no puedo nombrar, ni cuya cara puedo mostrar por esos asuntitos de pareja que a veces terminan mal. En realidad, la moto la mandé varios días antes en mionca como para que, el 1º día de mis vacaciones, ya me encontrara yo bien temprano por la mañana retirándola de un galpón en las afueras de Córdoba Capital, después de haber viajado toda la noche en micro. Me manejé de esta manera ya que 10 días es poco como para perder dos entre la ida y la vuelta para llegar encima con los huesos fosilizados, por lo que había que atenerse al plan: el plan indica que deben destinarse desde el primer al último minuto del viaje al disfrute generalizado. Por eso, una mañana lluviosa días antes del viaje fui a entregar la moto a un barrio que parecía de otro planeta. Quedaba del otro lado de la ciudad, pasando una zona de terrenos baldíos llenos de escombros. El barrio en cuestión estaba formado íntegramente por galpones junto al Riachuelo, por lo que la imagen de esas calles atestadas de camiones conmigo esquivándolos en moto bajo el diluvio fue dantesca.

La Gatrola, alguien que padece mis viajes
Me llamó especialmente la atención que, apenas comencé a hacer las alforjas dos días antes de partir, la Gatrola (mi gata) se alejó al lavadero, subió al lavarropas y me miraba desde ahí, de coté y con cara de orto. Algo que nunca hizo ni volvió a hacer. Estuvimos 10 días afuera, durante los cuales recibió tres visitas. Le costó perdonarme después de mi regreso, casi una semana le llevó acercarse. No me esperaba detrás de la puerta a mi llegada, no se acostaba cucharita conmigo, me miraba con recelo. Ahora, para mi placer, ya somos los de antes. ¡Si me perdonó que, años atrás, la arrojara del piso 11 a una pileta del piso 10! (aunque eso le llevara años perdonármelo).
Como dije, me tomé un micro a Córdoba Capital la misma noche de mi último día en el laburo. Grande fue mi sorpresa al ver la cómica cara de asco que, en la terminal de Córdoba, puso el changarín al alcanzarme uno de mis bolsos desde dentro del baúl del micro. Se había abierto el aceite de motor, adentro era todo un relajo. Más de media hora dediqué a limpiarlo como pude para obtener una mejora de un 50%, es decir, aún estaba viscoso y maloliente el bolso y sus contenidos. El paquete de yerba orgánica y difícil de conseguir, nuevo, derechito a la basura. Ese bolso, que era en realidad una mochila de tanque, lo paseé por todo Córdoba sin poder usarlo.

La Morocha en pañales, emotivo reencuentro en Córdoba