domingo, 17 de noviembre de 2013

Provincia de Buenos Aires parte VII

Como otras veces, me cuesta sentarme a escribir el último capítulo de cada saga. Algo similar al sentimiento de rechazo que a veces nos invade los últimos días de un viaje, el rechazo de reencontrarnos con un pasado ya lejano que nos caerá encima como un baldazo de agua al mostrarse agresivamente igual a como lo habíamos dejado. Ahí entra en juego nuestra astucia y nuestra voluntad de ir contagiando a nuestro entorno con el cambio que sí sucedió dentro nuestro. Así que ahí vamos, me largo a escribir el último capítulo de esta saga sin saber qué teclitas presionaré en el próximo capítulo, y a ver qué sapa.
Desperté rodeado de montañas a los pies del Cerro Ventana. Con tranquilidad desayuné disfrutando la protección que estos inmensos y longevos afloramientos supieron darme. Luego, siguiendo la rutina que ya me acompañaba, armé las alforjas y las amarré a la moto. Me despedí de los amigos de la noche anterior y partí dejando atrás las verrugas de la tierra rumbo al océano eterno, con la sensación de regresar al origen de las células que durante el transcurso de las eras se agruparon para formarme.

Misteriosa entrada del cementerio de Saldungaray, por Salamone

viernes, 18 de octubre de 2013

Provincia de Buenos Aires parte VI

Había llegado el momento de dejar atrás Carhué y encarar un nuevo destino, pero no sin antes pasar por una fábrica de chacinados de la que había oído nombrar. Después de armar el equipaje salí de raje a buscarla antes de que cierre, ya era de mediodía. Después de un par de vueltas la encontré, vendían los salames por kilo. Compré tres grandotes, uno común y dos con pimentón, después me arrepentí de no haber comprado más. Eran DELICIOSOS. Combinados con el queso gouda de la pulpería de Campodónico, fueron el lujo de los almuerzos en las paradas al costado de las rutas de mi provincia.
Próximo destino: Sierra de la Ventana, un lugar que también desde chico quería conocer. En las escuelas primarias de todo el país se nos enseña sobre la existencia del Macizo de Ventania, de delantal blanco y pelo estilo taza anotaba los dictados en mi cuaderno imaginándome en esa ventana, con vista al planeta. Cuestión que 30 años más tarde, me subí a una moto y enfilé para allá. Decidí no tomar la ruta más directa, la 33 que iba hasta Bahía Blanca. Tuve el disgusto de conocerla manejando hacia Carhué, y no pensaba volver a meter las ruedas ahí. Debido al puerto de Bahía Blanca el tránsito de camiones por esa ruta es insoportable, y como si esto fuera poco, profundas huellas en el asfalto debido al excesivo peso de los gigantes que continuamente hay que gambetear. ¡Con lo prácticos que eran los trenes que en el pasado cubrían todo el país! Muchísima menos contaminación, rutas seguras, en fin, mejor no hablo de ese tema porque me amargo. Preferí entonces tomar la ruta 85 aunque tuviera que hacer un rodeo, pero así iba a poder disfrutar del paisaje y, lo que más me interesaba, el cambio de relieve gradual de la llanura a las sierras. ¡Buena elección!

Antigua estación Sierra de la Ventana

martes, 1 de octubre de 2013

Provincia de Buenos Aires parte V

A esas alturas ya estaba compenetrado en el viaje, esto es algo curioso que acostumbra sucederme cuando ando de caravana. Los primeros días de la travesía llevo dentro de mí parte de mi pasado, de mi lugar de origen, y miro todo desde un punto de vista ligeramente "turístico". Pero cuando me adentro en el camino mi vida rutinaria desaparece detrás del horizonte y cada amanecer es un nuevo nacimiento, en una nueva cuna. Esto comenzó a suceder la primera mañana en Carhué. Mi vida diaria, mi casa, mis cosas, ya no eran parte de mi círculo (imaginario, claro está). Si volvía o no, no importaba. Había comenzado a vivir el viaje con todo mi ser.
Desperté en el departamento percibiendo el peculiar aliento que cada casa en particular exhala, sin parecerse a ninguna otra. Desayuné y salí a caminar rumbo al lago: por fin había llegado el momento de conocer el 2º más salino del mundo.

Ruinas del antiguo matadero, otra de las maravillas de Salamone

lunes, 23 de septiembre de 2013

Provincia de Buenos Aires parte IV

Por tercer día consecutivo, desperté en la bolsa de dormir rodeado de los típicos sonidos de la naturaleza. Motores a explosión, bocinazos y puteadas habían dejado de formar parte de mi entorno natural (por más que en mi casa no los escuche por ser silenciosa, pero sé que ahí afuera, a dos cuadras, están). Abrí la carpa y esta vez los perros estaban ahí, nadie los había echado al amanecer. Todos ellos festejaban el reencuentro, felices de verme, jugando y correteando conmigo, contagiándome la libre despreocupación de no andar imaginando futuros que amenazan ni recordando pasados que reprochan. El camping de Tapalqué, con sus cientos de árboles decorados con los colores del otoño, fue el mejor lugar para desayunar en calma y armonía. Como quien no quería la cosa me preparaba para lo que venía: el día de ruta más largo de todo el viaje.
El destino era Carhué, una pequeña ciudad cerca del límite provincial con La Pampa. No había una ruta de asfalto directa para llegar, por lo que tenía que comenzar alejándome para hacer dos empalmes y ahí sí recién dirigirme hacia allá. En total, iba a recorrer unos 386 km. Con la moto tan sobrecargada de equipaje, más dos personas, y a 80km/h, sabía de antemano que no iba a ser fácil. Lo que no me imaginaba eran los vientos...

Con Lupín, otro motoquero, mi anfitrión en Carhué

lunes, 9 de septiembre de 2013

Provincia de Buenos Aires parte III

Esa mañana amanecí con una mezcla de sensaciones. Una lluvia tranquila bañaba Rauch. Dentro de mi bolsa de dormir desperté lentamente y sin abrir los ojos escuchando el ritmo de las gotas sobre el cubretecho, sintiendo la felicidad desbordante de los vegetales que rodeaban la carpa. La paz que esta situación me regaló prolongó durante un rato la quietud del sueño en mi cuerpo y en mi mente, pero otra sensación comenzó a rebotar dentro de mí haciéndome abrir los ojos: llovía y tenía que viajar en moto, estaba hasta las manos. No quería quedarme un día más en Rauch, tenía varios destinos por delante y principalmente me moría de ganas de volver a salir a la ruta. Por suerte paró de llover a la media hora, y hasta salió el sol. Desayuné con optimismo junto al arroyo y desarmé la carpa imaginando los kilómetros que me estaba por morfar.

Qué lujo che, solos en el camping de Tapalqué

miércoles, 28 de agosto de 2013

Provincia de Buenos Aires parte II

Abrí la carpa de cara al energizante frío de la mañana. Finalmente había llegado el día de visitar el misterioso castillo abandonado del cual había leído algunas historias macabras. Para mi sorpresa, los perros que habían pasado la noche custodiando la carpa (lo sé porque los escuché ladrar varias veces impidiendo que nada se acercara) se habían ido. O los habían echado, lo cual veo más probable, el encargado del camping en su recorrida matinal los debe de haber discriminado por ser de otra especie (como si él no estuviera habitado por miles de bichitos que le caminan por todo el cuerpo alimentándose de su piel). Eramos los únicos del lugar, estábamos entre semana y a comienzos de otoño, si bien estaba fresco estaba muy a gusto con nuestra soledad. Colocar mi carpa cerca de otras es como sentarse en la playa rodeado de gente. No tiene absolutamente nada de malo, pero son lugares que elijo para estar tranquilo, y la gente que visita este tipo de lugares en demasiados casos no deja de lado algunas de sus costumbres para adaptarse a la tranquilidad que busca, sino que trae consigo el ritmo de su vida diaria en la ciudad, como ser el ruido (labial, musical o televisivo) y la luz eléctrica. Cuando yo salgo de la ciudad es para encontrar al planeta como realmente es, no en lo que lo vamos transformando. Por eso, difícil que entre a un camping un fin de semana o si hay mucha gente.

Primera imagen del misterioso castillo

martes, 13 de agosto de 2013

Provincia de Buenos Aires parte I

Más allá de todas las travesías realizadas sobre la Morocha, tengo pendiente aún muchos destinos. Como debe de quedar claro al leer las líneas que conforman este blog, mis ganas de viajar y vivir aventuras son inagotables, por lo que cada vez que consigo días libres para salir a la ruta, la única cuestión es decidir qué rumbo tomar. Para mis últimas vacaciones, de entre todos los recorridos deseados hubo uno que fue respaldado por dos motivos distintos resultando así ser el elegido. Por un lado, siempre tuve curiosidad por recorrer mi provincia, un territorio más grande en algunos casos o casi del mismo tamaño en otros que muchos países europeos. La Pampa Húmeda, tierra de gauchos, pulperías y tolderías en otros tiempos, con mucha más diversidad de paisajes y lugares de interés que lo imaginado, me seducía. Y por otro lado, pese a los viajes que coleccionaron mis pupilas a través del visor del casco a lo largo y ancho de dos años, y pese a la diversidad de rutas mordidas por las ruedas de la Morocha surcando tantos lugares maravillosos y poco conocidos de este país, aún nunca un viaje había comenzado y terminado en el garage de mi casa, ya que al poseer una moto que no desarrolla gran velocidad final y de no disponer nunca de tiempo ilimitado para vivir los caminos que se abrían ante mí, para la ida, la vuelta, o ambas, he llegado a contratar un camión para mandar la moto y tomarme un micro o un avión para llegar rápidamente a destino. Por eso, comenzar y terminar un viaje largo en moto desde y hasta mi casa era una asignatura pendiente, ya que de algún modo sentía que sólo así iba a ser una travesía completa.
Para este viaje planeé también un tour fotográfico con la idea de consolidar un material sobre el que ya venía trabajando: "Paisajes Clásicos de la Argentina", donde una bailarina clásica oficiaba de modelo embelleciendo los lugares a retratar. Por eso es que semanas antes de partir investigué sobre locaciones interesantes donde llevar a cabo dicho proyecto, y recorrí las calles del barrio del Once consiguiendo accesorios para las fotos que ya vivían en estado embrionario en mi imaginación. Hasta mandé hacer un tutú a medida con una vestuarista que trabaja con el Teatro Colón. El viaje pintaba por demás interesante, pero también pesado. Además de todo el equipaje que llevaba siempre (accesorios de moto, de mate, de fotografía, carpa y bolsas de dormir, aislantes, cocina, ollas y vajilla, equipos de lluvia y ropa), tenía que llevar los vestuarios y el equipo de iluminación, todo arriba de la Morocha junto con las dos personas que iban a intentar encontrar un lugar donde sentarse (y una de ellas además conducir).

En el garage antes de salir, sin poder creer la cantidad de equipaje que íbamos a llevar. ¿Y nosotros dónde entramos?