domingo, 2 de junio de 2013

Noroeste parte III

Esa mañana desperté aún con más excitación que la anterior: finalmente había llegado el momento de partir hacia Iruya. Desde que tuve el mapa en mis manos por primera vez (segundo paso luego de haber decidido viajar) planeé llegar a este pueblo salteño (porque Salta hace una comba, y está al este de Jujuy además de al sur). Al interiorizarme sobre las particularidades que me esperaban en esta travesía, fue que había comenzado a sentir esa excitación que esa mañana volviendo al mundo de los vivos (o despertando como se dice comúnmente) llegó a su punto cúlmine, combinado con el fuerte dolor de cabeza producido por mi primer día en las alturas.
Mi idea era partir a las 9AM para ir con tiempo, por cualquier cosa que pudiera llegar a pasar, pero con sorpresa me terminé descubriendo a mí mismo arrancando casi al mediodía. Entre que desayuné, armé alforjas, fui a comprar provisiones, a cargar nafta, a boludear, se me hicieron las 11, y todavía tenía que meter la cebolla en el filtro de aire. Varias opiniones escuché afirmando que media cebolla en el filtro de aire oxigena más al motor, así que ese día haría la prueba. Con el sol ya alto y fuerte, a un costado de la estación de servicio la corté al medio y abrí el compartimiento de herramientas para sacar el destornillador philips, pero en vez de eso encontré un ramo de flores oculto desde Buenos Aires. A causa de esta maniobra estratégica para evitar bardos aeroportuarios, quedé de alguna manera desprotegido (como si viajar en moto no lo fuese ya suficiente) sin ninguna herramienta para emergencias ni cebolla que me oxigene. La cebolla quedó en la estación de servicio, yo me fui a Iruya.

Primera parte, asfaltada

martes, 21 de mayo de 2013

Noroeste parte II

Apenas transitados los primeros metros en moto por la ciudad de Salta, el cambio se notó. Si bien estaba a apenas 1200 metros sobre el nivel del mar, era evidente que el motor tenía menos fuerza, menos reacción. ¿Qué me esperaría cuando alcance los 4000 metros? Tanto mi mecánico como varios motoqueros más me habían recomendado algo que me pareció ridículo al principio, pero quién sabe: poner un trozo de cebolla dentro del filtro de aire para que el motor esté más oxigenado y tenga más fuerza. Llegado el momento de subir hacia Iruya, iba a hacer la prueba, aunque no contaba con que me estaba olvidando las herramientas...

Así comenzaba la ruta 9
Ruta de Cornisa Salta-Jujuy, con vista a un dique
Después de mucho pensar, había decidido llegar primero a Humahuaca atravesando toda la Quebrada, hacer la 1ª noche ahí, y salir a la mañana siguiente rumbo a Iruya. Si sobrevivía a semejante travesía, volvería bajando y recorriendo los otros lugares que tenía en mente. Para ir de Salta a Jujuy hay dos opciones: tomar la autopista como hace todo el mundo, que si bien es más larga es mucho más rápida, o tomar el antiguo camino de cornisa, una ruta angostísima entre las montañas, literalmente con cornisas, llena de curvas, subidas y bajadas. En otros tiempos fue la única ruta directa que conectaba ambas ciudades, no puedo imaginarme cómo harían los camiones para transitarla, escuché que hubieron numerosas muertes por accidentes. Pero conociéndome, imposible tomar la autopista sabiendo que tenía la opción de ir por las montañas, aún cuando después de llegar a Jujuy tenía que subir todavía hasta la quebrada de Humahuaca y atravesarla de punta a punta...

Ruta de cornisa, asombrosamente angosta

sábado, 11 de mayo de 2013

Noroeste parte I

Mi segundo viaje en moto fue más ambicioso aún, ya que si bien contaba con mucho menos tiempo, me las ingenié para mandarme otra travesía del carajo. Nueve míseros días era lo que conseguí para mayo del 2012, pero teniendo en cuenta de que un mes antes había viajado al paraíso de Ubatuba, en Brasil, no me podía quejar ni pedir más, sino más bien usar la astucia sobre la base de que siempre es mejor calidad que cantidad.
Me pintó ir a Jujuy, a esos paisajes inolvidables decorados por montañas coloridas que tanto me habían asombrado 15 años atrás. ¿Pero cómo recorrer Jujuy en apenas 9 días, saliendo encima de Buenos Aires y teniendo que volver viajando a 80km/h? Muy fácil: mandando la moto en camión para que el primer día de vacaciones ya esté allá, y tomarme un avión para llegar en cuestión de dos horas, en vez de dos días.

Catedral de Salta, frente a la plaza principal
Mandar la Morocha fue la primera aventura. La empresa de camiones funcionaba en un galpón de un barrio que no parecía de este planeta. Ya el nombre de la calle nació para mis oídos cuando lo leí (porque cuando leo, lo que leo lo escucho también). En el mapa aparecía lejano, en la otra punta de la ciudad. Memoricé cómo llegar y me mandé.
Fue una mañana de lluvia eterna y fría. Con el equipo impermeable viajé por una Buenos Aires empapada con el embalaje atado al asiento de atrás como pude. El camino fue largo, no había una manera directa de llegar, tomaba avenidas, me desviaba por calles, volvía a avenidas, y así. Por primera vez transité la solitaria avenida Lafuente, que me fue llevando fuera del territorio conocido. A través del visor del casco en catarata me vi rodeado por un barrio de escombros, era el único ser vivo bajo la lluvia en ese paraje de manzanas con restos de materiales de construcción. Seguí. Una avenida transitada que corté fue la línea divisoria que atravesé para llegar al barrio en cuestión, el del otro planeta.
Estaba formado íntegramente por galpones de expresos de larga distancia. Las calles, atestadas de camiones estacionados o avanzando en todas direcciones bajo la lluvia sin tregua de aquella mañana, eran difíciles de transitar. Por eso sentí que entraba en otro mundo, empequeñecido ante semejante aglomeramiento de caballos de fuerza, mojados.

viernes, 3 de mayo de 2013

Litoral parte IV

A la mañana siguiente salí de ese pueblo que me retuvo de tan extraña manera para encontrarme con una ruta en pésimo estado perdida en la selva, la ruta 20. Tenía que manejar con mucho cuidado, ya que después de varias de sus tantas curvas, subidas y bajadas se escondían pozos tremendos que amenazaban con poner fin a mi viaje, si no a mi vida. Eso no fue un problema, el problema fue el camión de aquel día. Yo tengo buena onda con los camioneros, generalmente manejan códigos basados en el respeto y la precaución, pero como siempre, hay excepciones. Después de una curva pronunciada, lo vi. Un camión viejo en esa ruta perdida, éramos nosotros dos en kilómetros a la redonda, de a poco me le fui acercando. Siendo que yo venía más rápido, intenté pasarlo en las pocas rectas que encontré, pero no me dejaba. Cada vez que me cruzaba al carril contrario y me ponía a la par suya, subía la marcha sin importarle la suerte de la pequeña moto junto al monstruo.

Vista desde la ruta a Andresito
En una recta un poco más larga me volví a mandar decidido, acelerábamos los dos al taco ya que nuestras velocidades finales eran casi iguales, y el guacho por algún motivo no quería que lo pase. Aunque íbamos a las chapas, lo fui pasando lentamente hasta que me le puse adelante, y ahí vino lo peor: se me pegó. Venía detrás mío pisándome los talones. Veía semejante masa metálica por los retrovisores como una bestia con dientes de hierro intentando alcanzarme. Ahí fue donde tuve que decidir: el orgullo o la inteligencia. Ganó la inteligencia, claro. Paré a un costado del camino y lo dejé alejarse. Después de unos 15 minutos escuchando los innumerables sonidos de la selva, volví a la ruta y a disfrutar del viaje. 

jueves, 18 de abril de 2013

Litoral parte III

Se ve que yo ya andaba con la idea revoloteando dentro de mi cráneo, porque aquel día que la morocha se puso celosa relatado en otro apartado y que conocí el taller Dos Rueda, mientras Pablo me solucionaba el problema le pregunté:
- ¿Con esta moto me puedo ir hasta las Cataratas?
Se dio vuelta, sonrió y dijo ¡claro!
Tenía muchas ganas de recorrer esa provincia, desde hace mucho. Conocía cataratas, sí, pero
absolutamente nada más de esas selvas. Por eso, la mañana que desperté con Misiones al alcance de mi mano el sol brilló más radiante que de costumbre. Armé las alforjas bien temprano y salí a la ruta, Corrientes fue quedando atrás en un adiós de hasta la próxima. Al comienzo eran los campos infinitos. Cuando pasé por el empalme de la ruta de tierra que venía desde los Esteros (la que pensaba agarrar originalmente para salir de Colonia Carlos Pellegrini con los primeros 30km/h de arenales pero la lluvia no me dejó), lo miré imaginando la aventura que me había perdido, y no pude evitar dudar de su éxito. Dejé esa idea atrás y aceleré de frente al nuevo cambio en la travesía.
Al norte de Corrientes el terreno ya se empezó a ondular y aparecieron las primeras sierras y campos de yerba mate. La mano venía interesante venía. Hice una parada bajo un arbolito a la altura del establecimiento Las Marías, pocos kilómetros antes de la frontera, para entrarle a la picada con mate. Después de unos minutos de tareas preparativas de los materiales a ingerir, me dispuse a achicarlos y lubricarlos a masticada limpia mientras que mi realidad bajaba su ritmo afinando con el del entorno y me entregué a la contemplación. Me llamó mucho la atención verme rodeado, por toda la extensión del pastizal bajo cuyo único árbol me sentaba, de insectos dedicados a la orgía desenfrenada. Eran una especie de hormiga voladora pero más grande, habían millones, y TOD@S estaban entregados al sexo.

Campos de mate hasta el horizonte

miércoles, 10 de abril de 2013

Litoral parte II

Apenas cruzada la frontera con Corrientes el cambio se notó, esta provincia parecía haber quedado un par de décadas atrás de su vecina. Se notaba tanto en la infraestructura como en el comportamiento de la gente. Me desvié de la transitada 14 por una ruta vieja y casi abandonada rumbo a Mercedes. Llamaba mucho la atención ver ñandúes corriendo por los campos, ¡qué lindo! ¿Cómo se las arreglarán con los alambrados? Y pensar que antes estaba lleno hasta en la provincia de Buenos Aires, ¡ahora no se ve ni uno! Morpheus el de Mátrix tenía razón... el ser humano se comporta igual que el virus...

Santuario del Gauchito Gil

Pareja bizarra
En Mercedes es un clásico visitar el santuario del Gauchito Gil, a unos 5km por la ruta. El lugar es más una feria que otra cosa, invadido por innumerables puestos de venta de todo tipo de chucherías además de muñequitos. En el patio central varias parejas bailaban chamamé, y doy fe de que no solamente ninguna de ellas lo bailaba como nosotros lo conocemos, sino que además cada una lo bailaba con su propio estilo, ¡como pasa con el tango! Había una que rayaba lo surrealista, ya que el chabón le metía bien el muslo en la entrepierna a la mujer y la colgaba y revoleaba hasta casi tocar el suelo. Pero a pesar del circo y de mi clásico escepticismo pegué onda con el gauchito. De todas las estatuas de él me acerqué digamos a la principal, una que está sobre un escenario dominando la escena, y le prendí mi palo santo entre las patas. Le humeé un rato las verijas y la espalda y ahí se lo dejé, para que me proteja en toda la caravana que aún tenía por delante. Desde entonces, cada vez que veo el clásico altar señalado con telas rojas a la vera de cualquier ruta, lo saludo con una sonrisa.

miércoles, 3 de abril de 2013

Litoral parte I

Vamos a empezar por el principio, ya que el viaje a Córdoba había sido el más reciente al momento de comenzar con este Blog, pero el segundo viaje a relatar debe de ser el primero que hice con la Morocha.
Feliz con chiche nuevo
A mis 33 años nunca antes había manejado una moto. Al volver de Japón, y después de 7 años dedicados íntegramente a bailar y enseñar a bailar el tango, decidí cambiar de rubro porque estaba comenzando a perder el placer de hacer lo que me da más placer, ¡y eso no podía ser! Así fue que comencé con un laburo normal de 8 horas diarias.
Como quedaba en Zona Norte y yo vivía en Boedo, no aguanté mucho las dos horas y media de viaje por día en colectivo, eso realmente es malo para la salud, pero los humanos somos bichos jodidos, tendemos a hacer lo que nos hace mal, como en este caso amontonarnos. En colectivos, en boliches, o en ciudades, ¿de qué tenemos miedo que buscamos la protección del anonimato?
Entonces fue que pensé en una moto. Obviamente, busqué una que sirviera para viajar y elegí una chopera. Ya desde el mismo momento en que la monté por primera vez descubrí ese incomparable placer que todo motoquero conoce, por lo que desde aquellas primeras épocas imaginé lo interesante que sería usarla para ir al infinito y más allá...

La moto es muy peligrosa, eso lo tuve en cuenta desde antes de subirme. No me podía caer, por lo tanto nadie me podía tocar. Y eso había que mantenerlo SIEMPRE. El primer día que fui a trabajar con la moto y agarré la Panamericana tuve mi bautismo. La autopista estaba muy congestionada, y yo avanzaba en zig zag esquivando autos impacientes. Así venía sin entender demasiado dónde estaba ni qué hacía, hasta que una persona tapada con una sábana, un charco de sangre sobre el asfalto y una moto retorcida me pegaron varios cachetazos, como para que me avive. La moto no es joda, sensibilizate flaco.

Lorenzo Lástima, Parque Pereyra Iraola en mi primer salida a la ruta