sábado, 6 de julio de 2013

Noroeste parte VI

La Quebrada de Humahuaca había sido el paso inicial hacia la irresistible libertad de viajar solo y sin planes, 16 años atrás. En esa época maduró mi necesidad de descubrir el mundo, hice la temporada en Mar del Plata y me fui de mochilero con autorización escrita de mis padres, ya que aún era menor de edad. Durante 6 meses me pasé los días caminando, recorría el lugar al que llegaba y sus alrededores. Era la exploración en su versión más pura. Si bien comencé por los Valles Calchaquíes y de Lerma, en Salta, en la Quebrada había comenzado mi viaje en solitario. En Purmamarca acampaba en la canchita de fútbol, dejando así todas mis pertenencias en un lugar público y abierto sin ningún tipo de inquietud saliendo cada mañana con la idea de llegar a la montaña más alta.
El 1º día no llegué. Rodeé el famoso cerro Siete Colores por el llamado Camino de los Colorados y comencé a seguir el cauce de un arroyo seco hacia su naciente, todo payiba. En un momento se bifurcó y tomé el de la derecha, y al rato me salí del cauce y comencé a trepar. No llegué a ninguna cima, pero alcancé una saliente desde donde estuve horas admirando esta tierra incomparable. Estaba alto y veía a lo lejos el desfile de cerros unos detrás de otros en escalón ascendente, cada uno con un color distinto. Naranjas, rojizos, verdes, azules, amarillentos... mis ojos adolescentes se emborrachaban ante tanta belleza. Al día siguiente volví a retomar el cauce del río seco, pero en la bifurcación tomé a la izquierda. Recuerdo que en un momento encontré una casilla de piedras donde saqué una foto. Poco después de esa casilla comencé a trepar la ladera y a través de la nebulosa de los años lo que más recuerdo es la sensación de llegar a lo que se veía como "cima" para darme cuenta de que era apenas una ondulación y seguía subiendo hasta la próxima cima, que también era otra ondulación, y así incansablemente para mi cansancio. Ya después de mucho subir me llamó la atención encontrar un viejo camino en las alturas, era ancho y podía pasar un auto, de no ser porque estaba abandonado quién sabe hace cuánto con grandes trozos de piedra en el medio, debió de haber sido en alguna época un camino de carretas. Lo tomé y seguí subiendo ahora más levemente hasta que de pronto, detrás de un recodo, explotó para mí la Quebrada en todo su esplendor y extensión. El impacto fue tan profundo que quedé sentado en ese lugar durante horas. Ese recuerdo quedó tan vívido dentro de mí, que el último día en el viaje que hice en moto exactamente 16 años después y que nos reúne en este relato, después de desayunar partí rumbo a las montañas con la esperanza de encontrar el mismo lugar, como quien busca a un viejo amigo en un barrio lejano sin saber si lo encontrará por las calles del ayer.

A ver si lo encuentro...
En busca de la máquina del tiempo...
Fiel a mi costumbre arranqué la caminata rayando el mediodía. Rodeé el cerro 7 colores y encontré el arroyo seco tal como entonces, inmerso en la maravillosa paleta de colores formada por los cerros que lo circundan. Lo seguí intentando recordar aquella caminata perdida en las arenas del tiempo, buscando alguna referencia que me resultara familiar, pero a pesar de que dicen que todo lo que perciben nuestros sentidos queda grabado para siempre en nuestro subconsciente, no pude identificar nada, por lo que me limité a seguir el arroyo subiendo la subidita. No era empinado, pero iba siempre hacia arriba. Con el calor que hacía, el sol friéndome la cabeza, la mochila cargada con agua, abrigo, equipo de mate y equipo fotográfico, sumado al bajo nivel de oxígeno, la verdad se me hacía difícil. Las muy pocas veces que encontré algo de sombra me senté a descansar y recuperar el aliento. No recordaba que haya sido tan cansador cuando tenía 20 años, ¿será que estoy viejo? Naaa, es la memoria selectiva que le dicen. Llegué a la bifurcación tal cual recordaba y tomé a la iquierda, y después de un rato encontré la casilla de piedra aún en pie donde me tiré de cabeza a la sombra a secar mi cuerpo empapado en sudor.

¡Sombra!
Foto de la casilla tomada hace 16 años con una cámara de plástico a rollo...
... y el mismo lugar 16 años después. Por las piedras se nota que la casilla fue reconstruída.
¡Sombra a la vista!
Secándome
Luego de un breve descanso volví a la marcha. Esta vez no me mandé a subir la empinada ladera a lo macho como aquella vez, sino que descubrí un senderito y decidí seguirlo. El arroyito se hacía cada vez más angostito y empinado hasta que desapareció, y me encontré siguiendo efectivamente un sendero de piedras sueltas encajonado entre laderas empinadas que no paraba de subir y subir. Esta vez no me llevé la sorpresa de hace 16 años, llegué primero a una cima intermedia desde la cual se veía ya parte de la Quebrada, pero había que seguir hasta la cima más alta mucho más arriba a un costado. Desde este punto en el que paré unos minutos pude divisar un cóndor flotando en el cielo. Al rato encontré el misterioso camino en las alturas de otros tiempos totalmente destruido y lo seguí un buen tramo, hasta que decidí acortar camino subiendo la empinada ladera pensando no iba a ser tan esforzada. Tuve que parar varias veces a recuperar el aire, hasta que al fin llegué. El mismo mirador en el que había conocido la libertad cuando comenzaba a ser un hombre me esperaba imperturbable como si hubiera pasado por ahí el día anterior. Hacia el sur la Quebrada llena de colores hasta los bajos cubiertos de tormenta igual a aquella vez, y hacia el norte la Quebrada hasta perderse en la Puna. Lo había logrado, había encontrado lo que buscaba, la vista más linda de la Quebrada de Humahuaca, no creo que haya otra igual. Si algun@ de ustedes algún día planea visitar aquellos pagos y quiere conocer este fabuloso mirador, me escribe por privado y le paso las indicaciones como para que no se pierda. Tardé 2 horas y media desde Purmamarca, es un poco duro pero vale poderosamente la pena. Las fotos:

Ya mucho más arriba, por el extraño camino abandonado
Altísimo
De allá abajo vengo
Purmamarca desde las alturas
Foto tomada hace 16 años al llegar al lugar donde quedé mudo de asombro durante horas
Exactamente el mismo lugar, encontrado 16 años después
Brindis por el reencuentro conmigo mismo
Detalle de la tormenta sobre el valle de San Salvador de Jujuy

La Quebrada hacia el norte
Después de un par de horas con el infinito al alcance de mis manos, y a pesar de la gran tentación de seguir ese antiguo camino de carretas que se internaba en un valle de colores, emprendí la retirada. En el pueblo me habían advertido que subiendo los cerros había que tener mucho cuidado con las nubes, que podían avanzar rápidamente y envolverme hasta perder toda visibilidad perdiéndome quizás hasta el día siguiente. Vi las nubes acercándose lentamente hacia mí, pero volví con rapidez principalmente porque todavía quería llegar a las salinas a ver el atardecer. La bajada se me hizo corta, y una vez abajo pude ver cómo las nubes habían tapado el punto desde el que venía...

Si me llegaba a quedar ahí un rato más...
Pasé por el hotel, cargué todo el abrigo disponible, y casi corrí a la plaza principal a conseguir un remís que me llevara a las salinas. Sabía que me iba a agarrar la noche allá arriba, tenía que estar preparado. Encontré varios remises en una esquina, todos me querían cobrar una animalada. La dudé, pero ante la insignificancia del dinero comparándolo con lo que me esperaba en las alturas, agarré viaje. Nuevamente encaré la cuesta de Lipán, esta vez sentado cómodamente en el asiento trasero de un auto. Por las sombras que proyectaba la colosal montaña que de a poco iba subiendo, supe que el sol se me estaba escapando, pero llevaba el trípode para hacer fotos nocturnas. Cuando llegué por fin al otro lado, las vi, las salinas frente a mí me esperaban para vivir el anochecer con las nostálgicas oleadas violáceas y púrpuras típicas de otro día que se despide para siempre.

Cuesta de Lipán con las últimas luces

Finalmente, las salinas
Paramos en el puesto de los trabajadores de la sal, que por haber buen tiempo aún estaban trabajando. Había también un auto estacionado, y un hombre que se acercó desesperado a hablar con el remisero: su auto se había roto en aquellos lejanos páramos, se venía la noche y llevaba su mujer embarazada. Le pidió por favor al remisero que lo lleve a algún pueblo por la zona para pasar la noche. Arreglé con el chofer encontrarnos dentro de una hora, me despedí y me interné en las salinas. La luz rápidamente se escapaba, aproveché los últimos reflejos desde el horizonte oeste para hacer algunas fotos. Paralela a la luz se escapaba también la temperatura, me ajusté bien el abrigo porque estaba haciendo un frío bárbaro, que envalentonado por el viento tratába de colárseme por cualquier intersticio, pero yo me llevé ropa de moto, así que manteniéndome en movimiento la zafaba.

Esculturas en sal con los últimos reflejos

Escultura en sal con el nevado del Chañi al fondo.



Como la noche anterior había sido luna llena, esta noche tardaría una hora más en salir, por lo que las protagonistas del cielo fueron las estrellas. Fue increíble, majestuoso, inolvidable. No hay palabras para explicarlo ni fotos para demostrarlo, pero fue lo que más me conmovió de todo este viaje, el pico máximo de la realización lo viví la última noche, perdido en la soledad de la cordillera caminando entre montículos de sal allá altísimo. No podía parar de mirar hacia arriba, cada minuto habían más y más estrellas, y más y más, y más y más, mis ojos no daban crédito a lo que veían, jamás vi un cielo tan estrellado (y eso que estuve 3 meses dando vueltas por el altiplano boliviano) ni tantas estrellas fugaces. Miraba hacia arriba hipnotizado, el corazón se me salía del pecho y saltaba hacia la eternidad escapando de este cuerpo que se sentía menos que un microbio.


Las fotos no muestran ni la décima parte de lo que fue ese cielo estrellado...
El hipnotismo en un momento aflojó, el frío ya era mucho más intenso y el instinto de conservación había comenzado a hacer sonar nuevamente la alarma, miré la hora y había pasado justo una hora. Volví a la ruta y al punto de encuentro, pero ni rastros del remisero y, lo que era más preocupante, del remís. El puesto ya estaba vacío, vi como los últimos trabajadores subieron a un colectivo que los llevaría a su casa, en un pueblo cercano. No me quedó otra que esperar ahí parado a merced del clima que conseguía burlarse de mi ropa térmica. No habrán sido más de 15 los preocupantes minutos en que me sentí abandonado y hasta pensé hacerle dedo a cualquier máquina que pasara, pero se me hizo largo. Cuando el remís llegó no pude menos que alegrarme, una vez dentro del auto la sensación fue de calor de hogar. El remisero me contó que llevó a la pareja (la mujer con embarazo avanzado) a un pueblo cercano de trabajadores de la sal donde no hay hoteles, así que tuvieron que tocar puertas a ver quién les hacía un lugar en la cama para pasar la noche. No me quiero imaginar pobre tipo lo que le debe de haber comido el coco la jermu si se le puso de mal humor...
El auto tomó velocidad, yo venía mudo en un estado de exaltación fabuloso por lo que acababa de vivir, pero cuando subimos al Quemado y pasamos del otro lado, enmudecí aún más: la luna recién nacida asomaba por sobre un mar de nubes hasta el horizonte. Hasta el chofer se asombró ante la belleza que nos encandilaba. Si bien casi todos los días subía a las salinas y a veces más de una vez por día, jamás nadie le había pedido subir de noche. Obviamente, lo hice parar un par de veces para salir con el trípode a aguantar el frío e inmortalizar el momento.



Al día siguiente me propuse levantarme temprano. El galpón de las afueras de Salta donde tenía que entregar la moto cerraba a las 17hs, y a la mañana siguiente salía el avión con lo justo, ya que tres horas después del horario de aterrizaje en Buenos Aires tenía que estar trabajando. Estaba todo cronometrado, así que nada podía fallar. Eso sí, me tenía que llevar la postal del cerro Siete Colores con las primeras luces del amanecer, así que antes del desayuno subí el cerro de enfrente a esperar que las sombras lentamente se retiraran para regalarme esos famosos colores, lo que no esperaba era encontrarme con la misma luna que me había maravillado la noche anterior allá en las alturas del Quemado, ocultándose tímidamente detrás de los cerros.



Terminé saliendo a las 11hs, sin prisa pero sin pausa. Tomé la bajada de la Quebrada, la que tanto me había costado subir, a toda velocidad y sin esfuerzo, la Morocha y yo nos cagábamos de risa. Cuando llegué a San Salvador de Jujuy, a pesar de estar con el tiempo justo, decidí tomar por la ruta de cornisa y no por la autopista. No creo que haya otra ruta así en el país, el día estaba soleado y no me lo quería perder. Tantas ganas tenía de hacer ese camino, que a pesar de que por error me pasé y tomé la autopista, busqué donde recular y me mandé por las cornisas, por esa ruta angostísima y llena de curvas perdida entre las montañas y los bosques.

Bajando de la Quebrada
En esa ruta hice una parada de 10 minutos a chupar un par de mates sentado entre la vegetación, y descubrí un insecto único: el mosquito mariposa. El cuerpo tenía forma de mosquito aunque un poco más grande, pero todo colorido. Yo le daba a la bombilla y el mosquito mariposa a las flores, habían cientos de ellos. Llegué al fin a Salta donde pasé fugazmente por el hostel a dejar las alforjas y rajé para el galpón, donde llegué 16:30hs. Me despedí emotivamente de la Morocha y me fui a buscar donde morfar un suculento locro bien calentito y poderoso.

El mosquito mariposa


Al día siguiente sí que me levanté bien temprano, los aviones no esperan. Llegué al aeropuerto antes del amanecer con alforjas y casco y embarqué. Cuando el avión despegó, las montañas y la luna me despidieron con nostalgia, como diciéndome que no tarde otros 16 años más en volver...

Amanecer en el aeropuerto

Adiós... ¡hasta la próxima!

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