sábado, 11 de mayo de 2013

Noroeste parte I

Mi segundo viaje en moto fue más ambicioso aún, ya que si bien contaba con mucho menos tiempo, me las ingenié para mandarme otra travesía del carajo. Nueve míseros días era lo que conseguí para mayo del 2012, pero teniendo en cuenta de que un mes antes había viajado al paraíso de Ubatuba, en Brasil, no me podía quejar ni pedir más, sino más bien usar la astucia sobre la base de que siempre es mejor calidad que cantidad.
Me pintó ir a Jujuy, a esos paisajes inolvidables decorados por montañas coloridas que tanto me habían asombrado 15 años atrás. ¿Pero cómo recorrer Jujuy en apenas 9 días, saliendo encima de Buenos Aires y teniendo que volver viajando a 80km/h? Muy fácil: mandando la moto en camión para que el primer día de vacaciones ya esté allá, y tomarme un avión para llegar en cuestión de dos horas, en vez de dos días.

Catedral de Salta, frente a la plaza principal
Mandar la Morocha fue la primera aventura. La empresa de camiones funcionaba en un galpón de un barrio que no parecía de este planeta. Ya el nombre de la calle nació para mis oídos cuando lo leí (porque cuando leo, lo que leo lo escucho también). En el mapa aparecía lejano, en la otra punta de la ciudad. Memoricé cómo llegar y me mandé.
Fue una mañana de lluvia eterna y fría. Con el equipo impermeable viajé por una Buenos Aires empapada con el embalaje atado al asiento de atrás como pude. El camino fue largo, no había una manera directa de llegar, tomaba avenidas, me desviaba por calles, volvía a avenidas, y así. Por primera vez transité la solitaria avenida Lafuente, que me fue llevando fuera del territorio conocido. A través del visor del casco en catarata me vi rodeado por un barrio de escombros, era el único ser vivo bajo la lluvia en ese paraje de manzanas con restos de materiales de construcción. Seguí. Una avenida transitada que corté fue la línea divisoria que atravesé para llegar al barrio en cuestión, el del otro planeta.
Estaba formado íntegramente por galpones de expresos de larga distancia. Las calles, atestadas de camiones estacionados o avanzando en todas direcciones bajo la lluvia sin tregua de aquella mañana, eran difíciles de transitar. Por eso sentí que entraba en otro mundo, empequeñecido ante semejante aglomeramiento de caballos de fuerza, mojados.
Con baja visibilidad entre tanta agua vertical di un par de vueltas hasta dar con el galpón que buscaba, entré por el portón y la decena de personas que estibaban o los dirigían, dejaron de moverse y voltearon a mirarme. Claro, con el equipo de lluvia empapado, casco y bolsas de nylon en los pies arriba de una moto, al traspasar la entrada al ambiente seco parecía que venía yo desde otro planeta. Embalé la moto, firmé los papeles de rigor, entregué los papeles de valor, y me despedí de mi vehículo bíruedo como de una mascota querida. Tuve la suerte de que un tipo que había ido a despachar algo en auto ofreció sacarme de ese barrio extraplanetario y dejarme en la Gral Paz.
Durante el camino de una media hora conversamos bastante. Al contarle acerca de los planes de mi viaje, me contó uno suyo que había hecho hacía un año, bien curioso. Un viaje a Europa de 10 días visitando 9 ciudades repartidas en varios países. Se pasaban el día viajando en micro, los bajaban cada tanto y los llevaban en grupo a ver ciertos puntos turísticos y los tiraban exhaustos en un hotel, para levantarlos al día siguiente bien temprano para volver a la ruta. Coleccionar puntitos en el mapa como numeritos en las pantallas del cajero.
El primer día de mis vacaciones a las 10.30AM ya estaba en Salta. La ciudad me recibió de sol radiante, y según me enteré después tuve suerte, ya que los últimos 11 días había llovido, ¡eso para mí hubiera sido una tragedia! Un poco incómodo viajar en avión con alforjas y casco, pero ya me voy acostumbrando. Dejé el equipaje en el hostel en el que me iba a quedar dos noches (porque era fin de semana largo por el día del trabajador, tenía que esperar hasta el martes para retirar la Morocha) y me fui a buscar empanadas. En todos estos años el aroma de las empanadas salteñas no se había disipado aún de mi paladar, por eso lo primero que hice fue ir a morfar. Tristemente no encontré empanadas como esas, pero me clavé unos tamales inolvidables. Después me di una vuelta por el mercado. Como venía con el mate preparado descubrí una mezcla fenomenal: mate amargo con pochoclo de quinoa. Salí del mercado caminando con el mate en la mano, el termo bajo el brazo a lo charrúa, y la bolsa con el pochoclo en la otra en la que metía la boca como un caballo para sacar la lengua completamente cubierta de quinoa. Un par se cagaron de risa...
Por la noche fui a la Casona del Molino, un lugar de comida tradicional y guitarreadas hasta altas horas para nada turístico. Entrándole a un locro con vino mientras los muchachos pelaban chacareras sentí que mis pies comenzaban a pisar el Noroeste Argentino. Curiosamente, no pude encontrar NI UN LUGAR donde ir a bailar folclore, ¡parece que en Salta no hay peñas! Me resistí a creerlo y pregunté por todos los lugares por los que anduve aquel día. Quizás había, pero ningún salteño supo decirme. Sólo habían shows de folclore, o sea un escenario con músicos y el salón lleno de mesas, pero ni un metro cuadrado donde zapatear, qué raro...


Guitarreadas en la Casona del Molino
Al día siguiente era 1º de mayo, Día del Trabajador en este país y en casi todos los del mundo occidental menos en el país que originó dicha fecha por la muerte de 5 personas ahorcadas después de una huelga: EEUU. ¿Qué contradictorio no? Fue el mejor día del trabajador que pude haber tenido, porque me reencontré con Carlos después de 15 años.
Nuestro primer encuentro no había sido pura casualidad. El venía cruzando la cordillera por el paso de Sico, de Salta a Chile a dedo en un camión. Yo venía cruzando por el paso de Jama, de Jujuy a Chile, a dedo en otro camión. Los dos pasos desembocan en San Pedro de Atacama, un oasis en el desierto más árido del mundo, al norte de Chile. Los dos camiones llegaron a este punto, desde rutas distintas, exactamente al mismo tiempo. Nos bajamos, nos encontramos cara a cara, y después de un simple hola fuimos a buscar donde hospedarnos. Viajamos juntos tres meses. Nos separamos en Cuzco, él se adentró en el Amazonas, yo me fui a Ecuador. Finalmente, 15 años después de aquel mítico viaje a la deriva que marcó un hito en nuestras vidas, lo fui a visitar.

Reencuentro de este lado de la cordillera
Había construido su casa junto a un arroyo rodeado de montañas en un antiguo pueblo llamado "La Silleta", en los alrededores de Salta. Pasamos un día inolvidable, asadito con vista a los Andes, caminata por el arroyo, regreso de recuerdos añejos de cuando conocimos la verdadera libertad: darnos cuenta de que el mundo estaba al alcance de nuestros zapatos. (Era cuestión de salir nomás).

El brindis tan esperado

Almuerzo con vista a los Andes

Una serenata al retoño: "Qué ves" de Divididos con charango

Abriéndonos paso en busca del sendero al arroyo

El arroyo

¡Qué grande Carlos!


Al día siguiente me levanté con bastante incertidumbre: "¿Habría llegado bien la Morocha?", pensaba mientras zambullía las medialunas en el café sin poder pensar en otra cosa. Estaba un poco nervioso, ¿habría llegado entera o me encontraría con una sorpresa que perjudicaría mi viaje? ¿Habría llegado o se habría retrasado por el feriado? ¿Se bancaría recorrer cientos de kilómetros en las alturas de la puna, donde sabía que la falta de oxígeno le iba a jugar en contra al motor, sobreesforzado por la cantidad de peso que llevaba? (A pesar de no llevar esta vez carpa ni bolsa de dormir). Y la duda principal que desde Buenos Aires me revoloteaba: ¿¿Aguantaría el camino a Iruya?? 50km de ripio en mal estado y cornisas, pasando por un abra a 4000m de altura perdido en la inmensidad de la Puna, ayayay...
Con las medialunas todavía nadando en mi panza armé el equipaje lo más rápido que pude y me tomé un taxi rumbo al galpón con ansiedad contenida. Por suerte, la Morocha me esperaba dentro de su embalaje de plástico con globitos como un bebé en pañales. Con ternura se lo fui arrancando y probé el motor, ¡prendió! Le amarré con fuerza todo lo que tenía que subir hasta las alturas de la Argentina y arranqué rumbo a la Quebrada de Humahuaca. Superman era un poroto al lado mío de lo poderoso que me sentía, ¡Jujuy me esperaba con los brazos abiertos!

CONTINUARA...

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