miércoles, 3 de abril de 2013

Litoral parte I

Vamos a empezar por el principio, ya que el viaje a Córdoba había sido el más reciente al momento de comenzar con este Blog, pero el segundo viaje a relatar debe de ser el primero que hice con la Morocha.
Feliz con chiche nuevo
A mis 33 años nunca antes había manejado una moto. Al volver de Japón, y después de 7 años dedicados íntegramente a bailar y enseñar a bailar el tango, decidí cambiar de rubro porque estaba comenzando a perder el placer de hacer lo que me da más placer, ¡y eso no podía ser! Así fue que comencé con un laburo normal de 8 horas diarias.
Como quedaba en Zona Norte y yo vivía en Boedo, no aguanté mucho las dos horas y media de viaje por día en colectivo, eso realmente es malo para la salud, pero los humanos somos bichos jodidos, tendemos a hacer lo que nos hace mal, como en este caso amontonarnos. En colectivos, en boliches, o en ciudades, ¿de qué tenemos miedo que buscamos la protección del anonimato?
Entonces fue que pensé en una moto. Obviamente, busqué una que sirviera para viajar y elegí una chopera. Ya desde el mismo momento en que la monté por primera vez descubrí ese incomparable placer que todo motoquero conoce, por lo que desde aquellas primeras épocas imaginé lo interesante que sería usarla para ir al infinito y más allá...

La moto es muy peligrosa, eso lo tuve en cuenta desde antes de subirme. No me podía caer, por lo tanto nadie me podía tocar. Y eso había que mantenerlo SIEMPRE. El primer día que fui a trabajar con la moto y agarré la Panamericana tuve mi bautismo. La autopista estaba muy congestionada, y yo avanzaba en zig zag esquivando autos impacientes. Así venía sin entender demasiado dónde estaba ni qué hacía, hasta que una persona tapada con una sábana, un charco de sangre sobre el asfalto y una moto retorcida me pegaron varios cachetazos, como para que me avive. La moto no es joda, sensibilizate flaco.

Lorenzo Lástima, Parque Pereyra Iraola en mi primer salida a la ruta
Comencé viajando a Las Tejas, un camping a 90km de BA. La Morocha en la ruta se portaba de maravillas, cómoda y segura a pesar de que no alcanzaba grandes velocidades. Luego, en invierno/2011 me lancé a visitarlo a mi viejo a Rosario. Si bien tardé 5 horas y media en hacer 300km dada la velocidad final de esta moto (calculando una parada de 1 hora bajo los árboles), viajé muy a gusto a pesar de un tramo en el que sentía que mi culo desaparecía. Descubrí entonces que viajar en moto era único, una nueva forma de libertad. ¿Quién me iba a parar?
En aquel viaje a Rosario cometí el descuido de salir de milonga hasta la última noche. Me terminé acostando a las 6 y levantando a las 8 ¡ya que a las 17 entraba al trabajo! Imposible manejar 5 horas y media con tanto sueño y tanta niebla, así que dejé la moto ridículamente atada a un horno de pan en desuso de un barrio periférico de Rosario. Me tomé un micro y me desmayé en la butaca. Toda esa semana que tuve que ir y venir a trabajar en colectivo extrañe a la Morocha como loco, ¡sufría por haberla abandonado! Para mi inmensa alegría, 7 interminables días después volví a Rosario y la encontré igualita a como la había dejado, llena de polvo. La última noche de este segundo viaje, fiel a mi irremediable adicción tanguera también me fui de milonga, aunque dormí un poco más, unas 4 horas, y salí a la ruta esfumándome en la peligrosa niebla que rodea Rosario por la mañana.
En octubre/2011 tuve mi viaje iniciático. Conseguí un mes de licencia en el trabajo, un herrero que muy prolijamente me armó unos portaalforjas ya que había comprado unas bien amplias, más una mochila de tanque y un bolso grande en el pequeño portaequipajes. Y a todo este sobrepeso se sumó el de una acompañante, una croata que no hablaba castellano con la que habíamos vivido un romance de apenas 10 días unos meses atrás que dejó al dorima y se tomó un avión para embarcarse en esta locura. Con el peso muy excedido por encima de lo recomendado en el manual, y con un motor de apenas 125cc, juntos agarramos la Panamericana. ¡Al infinito y más allá!

El Jacarandá que me liberó
Comenzamos recorriendo Entre Ríos. La primera noche armé la carpa bajo un jacarandá en un camping 20km antes de Colón. Resalta de esa noche lo que soñé. Para que se entienda, debería primero contar un suceso extraño vivido semanas atrás. Había empezado con problemas de salud que ningún médico o análisis pudieron diagnosticar. El diagnóstico lo encontré disimulado bajo mi cama: un gualicho. Algo que jamás había imaginado iba a vivir, efectivamente me estaba ocurriendo. Decidí deshacerme del mismo con un intenso auto-ritual para no meterme en ese mundo oscuro de las brujerías, me mudé inmediatamente y comencé a planear este viaje. El sueño de esa noche bajo el jacarandá en flor junto al Río Uruguay fue así:
A diferencia de lo que había decidido en mi vida diurna, visitaba una bruja. Me hizo sentar y comenzó a hablarme en un idioma desconocido, mi cuerpo empezó a temblar sin control mientras unos rugidos de animal retumbaban dentro de mi pecho. De a poco, estos rugidos fueron apagándose hasta desaparecer. Después de esa noche, no tuve más problemas y continué mi viaje con tranquilidad.

Al segundo día, el primer asadito
De ahí enfilé para Colón por caminos internos de tierra bajo la llovizna de esa mañana. Colón me pareció un pueblo hermoso, tranquilo y con unas termas deliciosas al aire libre donde relajar el cuerpo ya entumecido por los kilómetros recorridos, ¡y eso era sólo el principio!
De Colón seguí al Parque Nacional El Palmar, el cual desde chico quería visitar. El parque es vastísimo, con sectores que desbordan belleza para perderse a apreciar la magia de los atardeceres. Había leído en internet que una de las curiosidades del camping eran las vizcachas, quienes salen de noche de sus madrigueras. Grande fue mi sorpresa al llegar y ver dichas madrigueras dentro del camping, con carteles previniendo no acampar a menos de 4 metros de ellas. Por esto, esperaba con ansiedad la llegada de la noche para ver estos animales por primera vez, ya que no tenía la menor idea de cómo eran. Cuando la oscuridad finalmente me envolvió, en un momento en que volvía del baño, vi un animal oscuro correr rápidamente, luego otro, y otro. Entrecerraba los ojos intentando distinguirlos. Al volver a la mesa en la que estaba cocinando con un calentador, me vi de pronto rodeado por estos simpáticos animales que no eran sino roedores que se paraban en dos patas olfateándome.

La Morocha cargada hasta las tetas
Si bien pensaba pasar un par de días ahí, a la mañana siguiente tuvimos que rajar por una tormenta inminente que amenazaba con dejarnos incomunicados, ya que además de estar en carpa tenía 8km de tierra hasta el asfalto, y en moto por barro (como ya sabemos por capítulos anteriores) no es conveniente andar. Literalmente huimos a Concordia, donde paramos románticamente en un hotel durante el diluvio de tres días. A pesar de la lluvia no nos bajábamos de la moto, sólo no quería hacer ruta esquivando camiones por la llamada "ruta de la muerte" bajo el agua. Nos calzábamos el traje impermeable y bolsas de nylon en los pies y salíamos a pasear, parecíamos dos astronautas al caminar por la plaza con los cascos puestos por una Concordia empapada y desierta.
Uno de esos días tuve un percance hasta ahora inexplicable. Manejando bajo la lluvia por la costanera la moto comenzó a fallar. El motor se apagaba y después de un rato de patearla volvía a arrancar. A cada rato la moto me quedaba y me costaba volver a encenderla. Supuse le entraba agua por algún lado, pero no la iba a revisar bajo la lluvia. Después del almuerzo encaré para las termas.

Vizcacheras por todo el camping
Ya en los suburbios, cruzando unas vías, la moto se quedó y ya no arrancó. Era un cruce solitario de las afueras de la ciudad, lo primero que hice fue llamar al hotel para que me manden un taxi a rescatar a a croata. Una vez rescatada éramos la Morocha, el diluvio y yo. Comencé a caminar arrastrando la moto en busca de un mecánico en aquel barrio de casas desperdigadas entre terrenos baldíos. A los 50m encontré una comisaría donde me acerqué a preguntar, pero el policía con mucha generosidad me invitó a entrar la moto ofreciéndose a revisarla. Con mucha dedicación le limpió el carburador y la bujía, pero nada, entonces me indicó el camino a seguir para encontrar un mecánico. Eran 7 cuadras por caminos de tierra, de los cuales 100 metros estaban totalmente inundados y tuve que avanzar con el agua por los tobillos. Cuando llegué no encontré un mecánico sino una casa de repuestos en la que no me quisieron atender, pero sí me indicaron que vaya a otro lugar a unas 5 cuadras más. Ahí por suerte dejó de llover. Cuando llegué me lo solucionaron en seguida, le había entrado agua al corte de corriente del manillar, lo anularon y listo. Ese fue el único problema mecánico que tuve con esta moto en los 46000km que ya lleva rodando.

La Morocha en el Palmar
El sol ya rayaba el horizonte asomándose entre los nubarrones en dispersión, y después de semejante odisea, las termas eran ya una idea fija entre mis cejas, así que encaré para el hotel. Desperté a la croata que plácidamente dormía entre las sábanas, le hice poner nuevamente el equipo de lluvia mojado y volvimos a la calle, y acá viene lo raro: cuando pasé exactamente por el mismo lugar por el que me había quedado bajo la lluvia, y tuve que pisar el freno de atrás para aminorar la marcha frente al paso a nivel, ¡el pedal se hundió hasta el fondo! Había perdido la tuerca de tope del freno de atrás y me quedé sin frenos... ¡en el mismo lugar! Me puse a buscar la tuerca sobre el asfalto, y en eso salió el policía que antes me había ayudado a preguntarme qué estaba haciendo. Cuando le conté no pudo evitar reírse y dijo: “¡flaco no pases más por acá!” ¿Se imaginan la cara del mecánico cuando me vio volver? Muuuy bizarro, rayando lo inexplicable, ya que nunca más en la historia la Morocha tuvo problemas mecánicos, sólo dos, ¡pero en el mismo lugar! Cosa ´e mandinga... Eso sí, las termas de noche bajo las estrellas fue una delicia.

Atardecer en El Palmar
A Chajarí lleguamos justo para la Fiesta Nacional del Salame. En la entrada del pueblo me dieron un folleto anunciando dicho acontecimiento, ilustrado con una chica vestida de noche y un salame al lado, ¡imposible no ir! Se festejó en una cancha de fútbol techada, acudió gente de muchos pueblos de los alrededores. Serían más de mil personas, sentados todos en mesas largas tipo caballete. Una de las mejores partes fue cuando eligieron la Reina del Salame, chicas de alrededor de 20 años vestidas de fiesta desfilando para que las coronen y saludando estilo "miss mundo", fue muuuy bizarro. Mucha fiesta y baile, y eso sí, los mejores salames que probé en mi vida, lejos. Me llevé varios, siempre que parábamos en la ruta a almorzar era un clásico pelar algún salame de Chajarí con un queso de Colón (no me gusta parar en estaciones de servicio ni restaurants, sino a la vera de algún curso de agua bajo los árboles a comer picadita con mate).
Mi primer viaje en moto venía sobre ruedas... ¡cuack!

CONTINUARA...

1 comentario:

  1. Noooo! no pares de contar, que ya estaba re enganchada!

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