martes, 26 de febrero de 2013

Córdoba parte IV

Después de un paseo matinal por ese pintoresco pueblo volvimos a la hostería, nos cambiamos, armamos las alforjas, las cargamos en la Morocha, llenamos el termo con agua caliente, y arrancamos. Pero no anduvimos más de 4 metros… Finalmente, llegó el momento tan temido durante casi tres años (desde que nació la Moro): ¡¡¡PINCHAMOS!!! ¡¡Juaaajajajaja, increíble!! Cuántas veces, cuántos motoqueros se asombraban de que NUNCA haya pinchado una goma, y más con los caminos que he recorrido. Pasa que la Morocha no tiene cámara, y por eso se la banca loco. Caminamos unas 10 cuadras en subida hasta la ruta donde tenía su taller el único gomero del pueblo, el cual gentilmente nos llevó con su auto hasta la moto, le sacó la goma trasera, la cargamos en el auto hasta la gomería, le encontró TRES ESPINILLOS CLAVADOS, la arregló, nos llevó de vuelta a la moto y la colocó. ¡Pensar que los gomeros de Buenos Aires ni siquiera aceptan sacarte la goma! Y me salió tres veces más barato que acá…
Queda demostrada la nobleza de la Morocha, con tres espinillos clavados nos sacó de esos barriales del fin del mundo y nos llevó en ruta hasta un lugar seguro antes de perder todo el aire. Si llegaba a quedar en llanta por esos caminos del salar todavía estábamos ahí…



Volvimos a cargar todo y ya rayando el mediodía, partimos. Lo que nunca imaginamos era que estábamos saliendo a la ruta y que íbamos a manejar TODO EL DIA CON LAS DOS GOMAS PINCHADAS. Es más, a más de dos semanas del regreso TODAVIA TENGO LA RUEDA DE ATRÁS PINCHADA, la tengo que inflar a diario… ¡Qué moto noble! ¡¡Aguante Morocha carajo!! Pero no me adelantaré a los hechos, sigamos.
Llegamos a Cerro Colorado, un lugar para el asombro. Me permito en este caso un adjetivo que siempre evito usar para no empañar la realidad de mis relatos: Cerro Colorado es mágico. Además de su belleza intensa, el ambiente lo hace único, es transportarse a otra dimensión, algo así. Los cerros son distintos a los de los alrededores, rojos y rocosos, albergue de antiguos Comechingones que dejaron tatuados dibujos en las rocas, hacen sentir que encierran misterio, secretos.
Hace muchos años llegó Atahualpa Yupanqui a conocer estas pinturas. Trabó entonces amistad con un lugareño, cuyo padre era inválido y tenía varias tierras por la zona. Don Ata lo visitó en varias ocasiones, le tocó y le cantó, y el viejo en agradecimiento lo invitó a elegir el lugar que más le plazca, que tire lazos a los cuatro vientos, y se quede con esa tierra.


Don Ata la hizo rebien, se eligió un lugar hermosísimo junto al cerro y al arroyo. Lentamente construyó ahí su casa, la cual comenzó a funcionar de museo estando él aún en vida. Debo admitir que tenía más expectativas respecto de las pinturas rupestres que del museo, pero me equivoqué. Para llegar tomamos un camino de tierra con empinados subibajas que se adentraba en los cerros, tanto que por momentos ella tenía que caminar para disminuir el riesgo de un resbalón en la pendiente. Estábamos rodeados de cerros colorados cuando lo vimos. Lo rodean lajas inscriptas con sus frases entre flores y árboles, lo flanquea por el arroyo que lleva al pueblo y por el que Don Ata bajaba a caballo, y lo protege el Cerro Colorado.


La tumba es realmente hermosa, que gusto pasar la así eternidad... Debajo de un árbol que don Ata plantó el día en que nació su hijo, reposan juntos él y Santiago Ayala “El Chúcaro” (eran grandes amigos y habían hecho ese pacto en vida). No tienen lápida ni mucho menos cruces, las cenizas de ambos están debajo de dos bloques de piedra, y sin urna, “pa que nada los separe de la tierra”…
Pero lo fuerte fue la casa. A los dos pasos de entrar se me hizo un nudo en la garganta que recién aflojó al traspasar el umbral hacia afuera, rato después. Las fotos antiguas, su voz cantándome desde un rincón, sus objetos personales, los instrumentos, los muebles y principalmente su presencia que se podía percibir en cada molécula de ese aire que era más pesado que otros aires, me invadieron el espíritu inesperadamente y se lo llevaron a dar una vuelta por esos cerros lejos del tiempo. Respiraba hondo y no hablaba para que no se me derramaran los ojos. Como dije, al salir de nuevo al jardín se me pasó, y no me volvió a agarrar ni dentro de su biblioteca, ni siquiera junto a su tumba. Era su casa, de alguna manera él seguía ahí…


En una amena conversación el guardaparque nos aconsejó volver por otro camino mucho más pintoresco que la ruta lisa por la que habíamos llegado una vez bajados de los cerros tulumbanos. Al verlo en el mapa, nos parecieron demasiados kilómetros de ripio teniendo en cuenta de que queríamos llegar a San Marcos antes de que anochezca y de que teníamos poca nafta, por lo que nos sugirió un plan alternativo que comenzaba por ese camino de montaña, pero que a los 5km bajaba a la ruta por la cual habíamos llegado, teniendo así asfalto hasta la entrada al monte donde nos esperaba nuestra carpa (y Antorcha con su infinita fidelidad). Pero, por primera vez en estos años de caravana, me equivoqué de camino, me perdí. Tomé por otra ruta que en vez de bajar, subía hacia el oeste internándose en el cordón montañoso.


El camino fue fabuloso, el ripio en su mayoría estaba bueno salvo algunos sorpresivos tramos con arena por los que la Moro coleteó peligrosamente y yo pensaba: “si nos llegamos a caer acá y se rompe la moto estamos fritos”, porque eran los puros cerros, ni casas, ni señal de celular, ni nada. “Tengo que ponerme las pilas y manejar más despacio”. Y así hasta el próximo arenal. Se suponía que a los 5km debíamos tomar un desvío hacia el este para retomar la ruta, pero ya pasábamos 10, y nada.
De pronto y sin previo aviso, llegamos a un pueblo llamado Caminiaga. ¡Ese sí que estaba perdido en la infinitud argentina, sin ninguna cinta asfáltica que lama sus pies! Abrí el mapa y caí en la cuenta del error: había equivocado el camino. Para colmo, planeaba cargar nafta en San José de la Dormida, justo antes de tomar la ruta que atravesaba el cordón de cerros en los cuales se encontraba Tulumba, así que estaba peligrosamente cerca de la posibilidad de quedarme sin nafta.

La tumba de don Ata y del Chúcaro
Teníamos dos opciones: o seguir subiendo hacia el oeste hasta el centro del cordón montañoso, encontrar el Camino Real (más y más ripio) y recorrerlo hasta su desembocadura cerca de Tulumba y encarar de ahí para Deán Funes donde me esperaba el petróleo salvador (según los cálculos por esta ruta me quedaban apenas 5km de tolerancia de combustible), o volver a Cerro Colorado para retomar la ruta y encontrar una estación mucho antes de perder la libertad, que es a nafta… Pero como dije antes, la Morocha aún no conoce el camino en el que haya tenido que recular, así que seguimos adelante. Cuando pasamos por la placita de Caminiaga, la gente sentada en la puerta de sus casas nos miraba con asombro, no debe ser muy usual ver a una parejita pasar con una chopera embarrada por ahí… Gentilmente nos explicaron cómo tomar los 10km que nos faltaban para encontrar el Camino Real. Esos 10km el camino no era muy bueno, pero el paisaje formado por cerros que parecían estar cerquita del cielo, con una vegetación de palmeras que no habíamos visto hasta entonces, era buenísimo. Para alivio de nuestras pieles y nuestras temperaturas intracerebrales estuvo todo el día nublado y no sufrimos el sol, pero ya arriba en el Camino Real las nubes nos envolvieron y nos mojamos.

Pinturas rupestres de Cerro Colorado
Llevábamos horas de ripio, y según mis cálculos  ya teníamos que estar avanzando sobre asfalto, por lo que esos 5km de tolerancia de combustible que yo había calculado, uno por uno los perdí inquietantemente en el cuentakilómetros del tablero. Cuando por fin llegamos al asfalto y tomamos la ruta que llevaba a Deán Funes, me quedaban apenas unos kilómetros de nafta y casi 20 de bajada, así que aceleré y me encomendé (por segundo día consecutivo) a mi suerte. Pero la Morocha es noble ¡carajo! Aguantó más de lo que calculaba y llegamos a la estación. Tras dos días de caravana, entramos más roñosos que el día anterior,  una pareja de alucinados que se habían perdido por aquellos caminos. Apuramos un café y subimos de nuevo a la moto a pesar de nuestros cuerpos entumecidos por horas de sacudidas, ya que, al igual que el día anterior, no quería hacer la ruta que teníamos por delante de noche y el atardecer estaba cerca de su despedida. La mitad de esa ruta tuve el sol llegando al horizonte cegándome de frente, pero entrecerraba los párpados, inclinaba la cabeza para ganar aunque sea sombrita en un solo ojo y aceleraba a fondo. Pa colmo la Moro estaba pesada y me costaba doblar, no imaginaba que tenía las dos ruedas pinchadas, la de atrás con ¡¡CUATRO AGUJEROOOOOSSSS!! Y que había manejado así todo el día…
¡¡¡Qué moto noble, vamos Morocha todavíaaaa!!!

Continuará...

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